lunes, 11 de junio de 2018

La fábrica de canciones. Cómo se hacen los hits, de John Seabrook

La fábrica de canciones. Cómo se hacen los hits.
The Song Machine: How to Make a Hit
John Seabrook
Traducción: Irene Riaño de Hoz
Penguin Random House (Reservoir Books)
452 páginas


Argumento:

El autor nos narra cómo se crean los súper hits musicales que escuchamos en la radio o vemos en Youtube.

Comentario:

Lo cierto es que cuando empecé el libro esperaba una narración más técnica sobre la creación de canciones, desde el punto de vista musical, pero, pese a todo, me ha gustado. Nunca más escucharé un gran éxito del mismo modo... Imposible, después de haber leído esta obra.

El autor nos cuenta aquello que sucede "detrás" de los artistas más admirados y escuchados, en los estudios de grabación o incluso antes, en las oficinas de las compañías o en las casas de los gurús de la música comercial. Y obviamente, y aunque nos podemos imaginar muchas de las cosas que dice, las conclusiones son muy deprimentes, en especial, aquellas que se refieren a la predictibilidad de lo que será un éxito, y a la absoluta mercantilización de todo lo relacionado con la música popular.

"«Todos nosotros hemos aprendido desde una edad muy temprana a enfocar la música como un negocio —explica—. Frente a otros que lo harán por diversión o por lo que sea, a nosotros nos prepararon para hacer exactamente lo que el cliente quiere y cuando lo quiere."

En consonancia con el tema que toca, que no es otro que la música, las partes y capítulos están conformados con la estructura de una canción tipo. Es decir, cada parte se nombra con un elemento de la canción, como el "gancho" (hook), la primera estrofa, la segunda, estribillo, puente, etc, etc.

En la primera parte, el autor nos describe de forma autobiográfica su encuentro con la música "moderna" (la que escucha su hijo adolescente) y las diferencias entre esta y la de su época, y nos introduce los primeros puntos clave: los dos tipos principales de influencias musicales de los grandes hits (Europop y R&B), y el uso del software informático para la creación de las canciones, que generan sonidos más atractivos que los de los instrumentos de verdad (lo que el autor llama "robopop"). También habla del famoso "hook" o gancho 

"Los hits actuales están repletos de hooks, anzuelos musicales diseñados para engancharse a tu oreja cada siete segundos". 

El artista, el cantante, tiene mucha menos importancia de lo que uno piensa.

Después, Seabrook se centra en los creadores de verdad de las canciones, como Dr Luke, Stargate o Max Martin, que logran sacar partido de unos pocos acordes y estructuras sencillas que los PC y el software luego arreglan y mejoran, añadiendo todo tipo de adornos, que convierten estas piezas musicales en adictivas a fuerza de repeticiones, en busca del ansiado Hit ("El 90 por ciento de los ingresos de la industria discográfica procede del 10 por ciento de las canciones"). 

De lo que cuenta el autor en el libro se deduce que vale más tener un par de éxitazos que mil canciones de cierto éxito pero que no llegan a ser "hits", aunque también reconoce que el panorama está cambiando hacia un escenario de "nichos" de mercado, debido sobre todo a la entrada de las descargas ilegales y de plataformas como Spotify, que han afectado mucho a las ventas y al negocio.

Se nos revela un hecho curioso: la gran mayoría de los creadores de grandes éxitos ¡son suecos! Y no habla solo de grandes éxitos europeos, sino también americanos y en el para mí poco conocido mundo del K-Pop (grupos pop coreanos de grandísimo éxito).

"Los fabricantes de hits suecos, en su día un alocado sueño de Denniz PoP, fueron los responsables de la cuarta parte de todos los éxitos del Billboard Hot 100 en 2014."

En relación con los suecos, se nos cuenta la evolución de su peculiar "fábrica de canciones", iniciada en los noventa con Cheiron, y su fundador Denniz PoP, fue precursor de la nueva forma de hacer música con samples y sonidos pregrabados y sintetizadores, y sobre todo ese trabajo en estudio que recubre la música de "golosinas", es decir, de efectos que hacen que las canciones sean más placenteras de escuchar.

Pero también nos cuenta la colaboración de estos suecos con los americanos y la mezcla de sonidos R&B con el más genuino Europop, y el triunfo de los grupos de chicos (Backstreet Boys, etc). Intercalado con la evolución histórica de estas bandas, el autor nos explica cómo trabajaban los compositores, y la influencia de las listas de éxitos y reproducción en la magnificación del impacto de los hits.

Más adelante, se cuentan casos particulares de famosas cantantes como Britney Spears, Kesha o Rihanna, y sus relaciones más o menos problemáticas con estos gurús musicales, además de mencionar la importancia de los talent show, como American Idol, inspirado en el Pop Idol británico (el autor atribuye a Europa este gusto por los concursos de canciones, con  una mención incluso al festival de Eurovisión, con error incluido, ya que si bien Azerbaiyán ha participado en Eurovisión, y ganado una edición, Kazajistán jamás ha estado) 

"Los europeos están habituados a los concursos de canto televisados gracias a décadas de Eurovisión, el concurso paneuropeo de canciones que dio a conocer al mundo a ABBA con «Waterloo», la actuación ganadora de 1974, y que acaba con la coronación de un país como campeón, al estilo de la Copa del Mundo".

Lo más llamativo, los "campamentos de canciones" en los que se reunen compositores para crear en equipo, y cómo se trata de hacer creer a la gente que el cantante interviene en la creación de sus canciones, aunque no siempre sea así.

En resumen, una visión bastante detallada del panorama  musical y de sus grandes éxitos, en la que queda claro que cada vez más y gracias al software informático y a los algoritmos, se va hacia la construcción a la carta de canciones que "satisfacen" al cerebro, hechas con el sistema de "pista y hook", con unos pocos acordes, letras básicas y sencillas, pero que tan rápido como se consumen son sustituidas por otras similares, fabricadas literalmente en estudios por equipos de técnicos, muchos de los cuales no saben música, pero que tienen buen oído para realizar las diferentes partes de una canción, como la melodía, el ritmo, etc. Unos pocos compositores,muchos de ellos de origen sueco con  un afilado sentido de lo comercial, para nutrir los repertorios de casi todos los artistas relevantes. Un libro sumamente interesante y esclarecedor, aunque me sobran un poco las vidas de las cantantes y otro tipo de detalles personales.


¿Qué te ha parecido la reseña? ¿Te apetece leer este libro? ¿Ya lo has leído? (Los comentarios están moderados con lo cual tardan un poco en salir. El blog no se hace responsable de los spoilers que puedan aparecer en los comentarios, ya que Blogger no permite editarlos. Se ruega que se ponga un aviso si se van a mencionar. Gracias por tu opinión)

miércoles, 6 de junio de 2018

Una bruja sin escoba, de Antonia J. Corrales

Editorial: Amazon, 2018
188 páginas
7,99 €
Ebook: 4,99 €

Argumento:

Tras separarse de su pareja e iniciar una nueva vida, Diana comienza a averiguar cosas de su origen.

Comentario:

Cuando se ha leído, y comentado, unas cuantas novelas de la misma persona (esta es la sexta obra de la autora reseñada en este blog) es difícil decir algo nuevo, y da la impresión, releyendo anteriores artículos, que algunas de las opiniones que contienen se podrían aplicar al actual. Que la mayoría de autores escriban siempre sobre temas recurrentes que son parte de sus inquietudes e intereses, también contribuye a producir la sensación de que no hay algo nuevo que decir.

«Una bruja sin escoba» también está redactada en primera persona por su protagonista, en esta ocasión Diana, una bruja que desconoce su origen y no ha desarrollado sus poderes, de forma correcta y funcional, siendo su punto de vista el único que se da de los hechos, y del resto de los personajes. La redacción se nota bastante revisada, con una drástica disminución de erratas y palabras que no significan lo que la autora cree, tan presentes en obras anteriores, si bien resulta algo confusa en la última parte, sin llegar a resultar una molestia o dificultar la lectura.

Los problemas con la ausencia de fechas y lugar en el que se sitúa la acción se resuelven con las referencias a internet y móviles, etc, y se dice que transcurre en Madrid, sin bien continúa la confusión sobre el lapso de tiempo en el que transcurren los hechos, que da la impresión, por la cantidad de cosas que suceden, de que es mayor del que se dice.

También son habituales ciertas reflexiones (cada vez, afortunadamente, más escasas y  breves, menos farragosas y repetitivas) sobre temas espirituales y la contraposición entre este tipo de vida y otro más materialista. Y, por supuesto, los objetos, ya sean mágicos, simbólicos o ambas cosas, con preferencia por el color rojo, desde el paraguas de «En un rincón del alma» y sus dos secuelas (se menciona de pasada, así como a las mujeres de agua), hasta las hojas de arce de «Y si fuera cierto». Ahora se trata de un ala delta (roja), sustituta de la tradicional escoba de bruja, un libro con hojas (aparentemente) en blanco encuadernado en rojo, o la presencia del también indispensable gato (egipcio),  Senatón.

Aunque son evidentes las mencionadas similitudes con las obras anteriores de la autora, es con «Y si fuera cierto» con la que tiene más puntos, positivos, en común. Al igual que en esta, deja de lado las generalidades emocionales para tratar de contar algo, basándose en personas y hechos (más o menos) reales, en torno a los que crear su historia, transmitir sus puntos de vista, valores, cultura, en la que no faltan las referencias a canciones, cine y TV (uno de los personajes se llama Duncan Connor, como los interpretados por Adrian Paul y Christophe Lambert, uno en la serie y el otro en las películas de «Los inmortales». Se menciona el DeLorean de «Regreso al futuro») etc…

Entre lo más destacable se encuentra la capacidad de dotar de humanidad y personalidad a todos los habitantes del edificio a cuyo ático se muda Diana. Antonio, el casero, su madre, Claudia,  vecinos como Elda, Desmond y Ecles, Duncan o Amaya resultan más cercanos e interesantes en sus peculiaridades que los de su vida anterior (Alán, Samanta, Rigel), aunque estos también cumplen su cometido.

Si bien la novela avanza sin grandes altibajos, con cierta previsibilidad, la autora consigue dar un giro argumental cerca del final, tan sorpresivo como interesante, que abre la historia a varias posibilidades cuyo desarrollo tendrá lugar en posteriores entregas de lo que, al parecer, será una trilogía.

En resumen, «Una bruja sin escoba» contiene, con la obvia evolución en cuanto a forma y fondo, los temas habituales de la autora, lo que interesará a quienes disfrutaron con sus otras novelas. Y, además, permanece la notable evolución observada en «Y si fuera cierto»,  lo que incrementa el interés por seguir leyendo a la autora, resulta muy entretenida, los personajes despiertan empatía y, sobre todo, crea intriga por saber qué pasará. Sólo queda esperar, y desear, que no tarde un año en publicarse la continuación de las aventuras de Diana, una bruja moderna.

Otras novelas de Antonia J. Corrales reseñadas en este blog:






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lunes, 4 de junio de 2018

La novia gitana, de Carmen Mola

Editorial: Alfaguara, 2018
Colección: Alfaguara negra
408 páginas
19,90 €
Ebook: 9,99 €

Argumento:

El cadáver de Susana Macaya aparece varios días después de su desaparición con indicios de haber sido asesinada de forma similar a como le sucedió a su hermana, Lara, siete años atrás.

Comentario:

«La novia gitana» sigue el esquema habitual de las novelas de su género, un thriller en el que alguien comete una serie de asesinatos usando métodos poco habituales, en este caso unos gusanos que sirven, además, para producir lo que parece una buscada sensación de rechazo, asco y temor:

«Su cuerpo se encuentra lleno de gusanos. Cuando nota que hay uno cerca de los labios, saca la lengua y se lo mete en la boca. Le gusta sentir el cosquilleo del gusano antes de tragárselo. De vez en cuando, aparta los gusanos que tiene en el pie para ver por dónde van en su trabajo de demolición. Ya se nota una hondonada justo antes del dedo gordo. En unos días más llegarán hasta el hueso.»

Narrada en tercera persona y presente, con uso preferente de los puntos de vista de los dos personajes principales (Blanco y Zárate), aunque también, en menor medida, de otros, incluidos muy secundarios, la inclusión de pasajes en cursiva (de los más desagradables de leer de la novela) alternados con el relato de la investigación, de cuya pertinencia no cabe duda, son también parte de las convenciones de este tipo de historias.

La inspectora Elena Blanco no se libra de los tópicos, al ser retratada como una mujer tan seria y eficaz en su trabajo como atormentada (vive obsesionada por algo ocurrido en el pasado) por sus propios demonios, que combate bebiendo grappa y cantando canciones de Mina Mazzini en un karaoke. Zárate, el nuevo, útil para mostrar cómo trabaja la Brigada de Análisis de Casos (BAC), ser el «interés romántico» de la protagonista y con un conflicto entre el deber y el sentimiento, por tener como mentor y figura paterna a Salvador Santos, el policía que investigó el primer crimen, es el otro personaje más desarrollado.

El resto: el equipo de la BAC (Chesca, Mariajo, Buendía, Orduño), Miguel Vistas, encarcelado por el asesinato de Lara, sus abogados (Jáuregui y Masegosa), Moisés y Sonia, progenitores de las dos jóvenes asesinadas, Raúl Garcedo, novio de Susana, su amiga Cintia, y unos cuantos más, están definidos por el rol que interpretan en la historia (sospechosos, testigos etc…).

El desarrollo de la historia sigue los cauces habituales, desde los interrogatorios a personajes sospechosos, conversaciones con familiares, posibilidad de que el asesino de Susana sea el mismo que el de Lara y, por tanto, Miguel Vilas sea inocente del primero, subtramas personales, comportamientos dudosos de algunos personajes que ocasionan nuevos interrogatorios… Y, de fondo, utilizados a modo de posibles motivaciones para los crímenes, aparecen, de forma superficial, temas como la homosexualidad, las diferencias culturales en los matrimonios entre gitanos y payos, el Alzheimer etc...

En resumen, «La novia gitana» es una obra  correctamente redactada, con algunas escenas no aptas para personas sensibles, algo tramposa, previsible, alargada en su última parte, que puede satisfacer a incondicionales del thriller y sonar a algo ya visto (tanto en literatura como en series de TV) a quienes hayan leído unas cuantas novelas de su género (la inclusión de sus tópicos más habituales hace difícil la sorpresa) y, aunque de fácil lectura y entretenida, se hace algo larga.

La escena final, previsible tras cierto hecho, sugiere la posibilidad de una continuidad de las aventuras de la inspectora Elena Blanco, con especial atención a su historia personal, que, al parecer la autora ya está escribiendo, con el título de «La red púrpura».

Mencionar la curiosa estrategia promocional de la editorial, con frases como:

«¿Quién es Carmen Mola? ¿Quién puede escribir de este modo, con una fuerza narrativa casi salvaje, inédita en la novela negra española y que recuerda al Lemaitre de “Irène” y “Alex” y al Easton Ellis de “American Psycho”? » «Como ya sabéis, Carmen Mola es un pseudónimo. ¿Por qué se utiliza el pseudónimo? Benjamin Black y Todd Ritter son autores que utilizan el pseudónimo para diferenciar sus obras. Sin embargo, ¿por qué creéis que lo utiliza Carmen Mola si no tiene obras anteriores?»

Da que pensar cuál es la finalidad tanto del uso de un pseudónimo como de publicitarlo como un valor añadido (que no afecta al contenido de la novela), si ya se dice que la autora no tiene otras novelas, y si, como parece, no hay intención de revelar su identidad. Decir que «La novia gitana» recuerda a la obra de otros autores tampoco suena a algo positivo para ésta, al menos en cuanto se refiere a la creación de algo original o novedoso, más allá de ser española…
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jueves, 31 de mayo de 2018

España de Mierda, de Albert Pla

España de Mierda
Albert Pla
Roca Editorial
192 páginas


Argumento:

Un músico uruguayo se va de gira por España en compañía de un artista local. Por el camino les pasan cosas raras y conocen a diversos humoristas y cantantes.


Comentario:

Oí hablar de este libro con motivo del Festival de Eurovisión 2018, celebrado en Lisboa, ya que uno de nuestros representantes, Alfred, se lo regaló a la otra, Amaia. Naturalmente, y dado el título del libro y la portada, en la que figura una bandera "Estelada" (algo parecido, más bien), es decir, del independentismo catalán, se armó un cierto escándalo. 

Conociendo a Albert Pla como músico y persona inconformista, transgresor e incatalogable, esperaba un relato mordaz que no dejara títere con cabeza y que entrara a fondo en la crítica de los males de España.  No he visto cumplidas mis expectativas.

Es cierto que hay crítica, sobre todo hacia la iglesia y otras instituciones (la monarquía), pero no en la medida que yo imaginaba y tampoco con el humor que daba por supuesto. A pesar del título, no puede decirse que insulte a España ni a sus regiones, limitándose a hacer un recuento de tópicos regionales en su periplo por las diversas provincias, que, salvo muy contadas excepciones, no resulta gracioso. 

El autor, además, incluye numerosas digresiones de naturaleza surrealista que te sacan una y otra vez de la historia. No es que todo haya de ser realista cien por cien; el surrealismo es una opción como otra cualquiera, siempre que sea coherente con el resto de la novela. Pero aquí parece más bien aleatorio en su forma de generar "Españas alternativas" en las que ocurren cosas casi porque sí.

El protagonista principal, el músico uruguayo, figura que sirve para ver con ojos extranjeros nuestro país, se va sorprendiendo de la idisioncrasia y características de las diversas ciudades por donde pasan y por las costumbres políticas y la relación entre poder y cultura, pero no está ni desarrollado ni posee ningún tipo de personalidad, así como tampoco el resto de personajes.

En su viaje conocen a ciertos artistas (reales) con los que interactúan, y de los que se cuentan anécdotas. Se entrevé que la obra tiene partes autobiográficas, extraídas seguramente de la experiencias de giras del autor, aunque estas no resultan muy interesantes.

Poco más se puede contar de la obra, que me ha parecido insulsa, simple y no muy bien escrita. En cuanto al "escándalo"...  El título y el uso de la bandera Estelada son meras provocaciones con propósitos comerciales, pues el libro no trata para nada del tema del independentismo catalán. Por lo demás, ¿qué sentido tiene llamar a un libro "España de mierda" y poner una especie de bandera catalana/española? Ninguno, salvo molestar (bueno, y vender libros).

En resumen, un libro que no pasará a la historia, que cuenta con unos pocos destellos de ingenio y con escaso valor literario. Lo mejor que se puede decir de él es que es breve...

Fragmento:

—Pues a mí la catedral me parece una mierda —dijo Tito.
  —Una puta mierda —añadió Julián.
  —Muy grande —constató Raúl.
  Tito, Julián y Raúl contemplaban la catedral de Santiago de Compostela.
  —A esos hijos de puta de curas siempre les ha gustado hacer las cosas a lo grande.
  Tito era cuarentón, mánager de profesión y estaba hasta los huevos de todo. Despreciaba Santiago por provinciana; como buen madrileño, pensaba que el barrio de Lavapiés era el centro del mundo y que Galicia simplemente era el sitio al que los madrileños iban de vacaciones.
  —Malditos curas, han hecho más daño a este país que los mismísimos Borbones —continuó Tito. Estaba de buen humor, como Julián.
  —A mí no me tienes que convencer, Tito, ya sabes lo que pienso: me cago en el rey y en la reina y en todos sus antepasados, que hicieron más daño a este país que la puta Iglesia que los ampara y los bendice. Me cago en Dios y en su gracia divina.
  Julián era gallego, líder de la banda punk Siniestro Total, y hacía tiempo que quería conocer a Raúl, un joven uruguayo de veintidós años que iba a dar en Santiago el primer concierto de una gira que le llevaría por toda España. A Julián le habían llegado voces que aseguraban que el chico cantaba como nadie; que su hilo de voz era capaz de quemar el techo de cualquier catedral. Y allí estaba Julián, como buen anfitrión, mostrándole a Raúl la ciudad.
  —A mí me parece muy grande —repitió Raúl.
  Julián, que era cantante punk pero también un tipo muy culto, se puso pedagógico e intentó explicarle la historia del edificio.
  —Aquí está el sepulcro del apóstol Santiago, que convirtió este templo en uno de los principales destinos de peregrinación de Europa durante la Edad Media. Era el Camino de Santiago, una ruta iniciática que seguía la estela de la Vía Láctea…
  Tito le interrumpió:
  —Pero ¿de verdad alguien cree que aquí está enterrado Santiago? Yo no me creo ni que existiera. ¡Un apóstol de Jesús! No me creo ni que existiera Jesús, mira qué te digo.

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lunes, 28 de mayo de 2018

La química del odio, de Carme Chaparro

Editorial: Espasa, 2018
416 páginas
19,90€
Ebook: 12,99 €

Argumento:

La inspectora jefa Ana Arén se enfrenta a la investigación del asesinato de Mónica Spinoza, duquesa de Mediona, al tiempo que intenta recuperarse de lo sucedido varios meses antes y soportar a un comisario que trata de obstaculizar su trabajo.

Comentario:

«La química del odio» se inicia seis meses después de los hechos narrados en «No soy un monstruo» y, aunque pocas, hace las suficientes referencias a lo sucedido en la novela anterior, y su resolución, como para que sea recomendable leerlas en el orden que han sido publicadas.

Si se compara una obra con otra a nivel formal, da la impresión de que las reiteraciones de información han disminuido hasta un nivel apenas perceptible, aunque sigue «chirriando» la abundancia de puntos de vista, que no se limitan a la protagonista, Ana, o a los personajes conocidos (Neri, Joan), o nuevos, que tengan importancia dentro de la historia (PéBé, Paloma) sino que, además, incluyen a otros tan secundarios que apenas aparecen en una escena, lo que puede crear confusión y la percepción, errónea, de que quizá tengan relevancia en la narración.

Que además la autora incluya multitud de saltos temporales (en esta ocasión sí vienen a cuento los pasajes de la infancia de Ana), párrafos en cursiva y pensamientos, use la tercera persona y la primera, la redacción en pasado y presente, produce una sensación caótica, desconcertante,  al menos hasta que la mente se adapta al ritmo establecido, o crece el interés por lo que sucede en la novela.

En «La química del odio»  también se usa del recurso de advertir que está a punto de suceder algo importante, incluso dramático, que los personajes no pueden ni imaginar, con la finalidad de «enganchar», ese querer saber de qué se habla que impulsa a continuar con la lectura. Lamentablemente, se nota en exceso cual es la intención, y se utiliza demasiadas veces, muchas de ellas con torpeza y sin necesidad, puesto que la historia es lo suficiente atractiva para mantener el interés.

Algo similar ocurre con las maniobras de dilación: cuando un personaje está a punto de hacer una revelación que se sugiere de gran importancia, la autora cambia de tema, incluye parrafadas de naderías, acaba el capítulo y se centra en otras cosas, o lo empieza con el relato de algo que ya ha pasado para luego contarlo poco a poco. Si bien son recursos habituales en el género, cuando, como en este caso, se perciben tan forzados, abundantes y obvios, pueden llegar a provocar lo contrario a lo que se pretende.

En cuanto a los personajes, los que ya aparecían en «No soy un monstruo» (Ana, Inés, Neri, Ruipérez, Charo, Joan, Laura…) tienen sus personalidades ya establecidas. Entre los nuevos destacan, por sus características poco convencionales, el juez Juan Pérez Benítez (PéBé) y la forense, Paloma Marco. La víctima, Mónica Espinoza, duquesa de Mediona, se diría una mezcla de detalles de distintas personas reales, aun sin llegar a profundizar en ella. 

Además, se menciona, quizá a modo de homenaje, y sin dar sus verdaderos nombres, a  compañeras de la autora, como Toñí Moreno, presentadora de Viva la vida, en la novela de Viva la tarde del domingo («En el escenario, una presentadora en zapatillas deportivas despedía a un grupo musical que Ana no supo reconocer.»), o Ana Rosa Quintana, de El programa de Ana Rosa («—Un búnker con sofá —matizó Nori—. Pero el sofá no estaba. Me lo regaló hace un par de semanas Rosana, la presentadora del magazine de las mañanas. No le gustaba el que tenía en su camerino y se ha comprado otro.»)

La novela tiene bastantes similitudes con la anterior, tanto en su estructura como en su desarrollo, incluyendo un test para reconocer ciertas reacciones, al estilo del programa NeuroQWERTY, o en la conclusión. Igualmente se hace crítica de diversos temas, ya abordados en la otra, con el odio como tema principal, lo que «justifica», por ejemplo, la exagerada inquina del comisario Ruipérez hacia Ana Arén.

La complejidad y cantidad de subtramas, posibilidades, personajes y situaciones, que podrían dar lugar a confusión o desorden, se resuelven con habilidad, justificando la inclusión de algunos pasajes, en apariencia sobrantes, durante la explicación final de lo sucedido.

En resumen, «La química del odio», pese a sus «defectos» formales, algunas descripciones en exceso truculentas y semejanzas con «No soy un monstruo» (y otras obras del género) es una segunda novela muy digna, entretenida, bien desarrollada, apenas «tramposa», con capacidad para enganchar, giros argumentales, y una resolución satisfactoria.


***T***


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