miércoles, 13 de mayo de 2015

Cien flores en el infierno, de Silver Kane

Editorial: Bruguera, 1974
Selección Terror Nº 168
Ilustración de cubierta: Enrique Martín
118 páginas

Argumento:

Nancy Kennedy se detiene en un motel cercano al lugar que va a visitar y se encuentra con que los pacientes de un psiquiátrico cercano se han escapado y empezado a asesinar a todas las personas que encuentran.

Comentario:

Cien flores en el infierno se desarrolla en un lugar más o menos cerrado (los personajes están incomunicados en medio de una zona poco habitada), y saca bastante partido de la situación en que se encuentra Nancy Kennedy, la  protagonista de la novela: un lugar apartado, rodeada de cadáveres, no conoce a nadie y, por tanto, desconfía de todos. Cualquiera puede ser uno de los locos que se han hecho con el manicomio y el motel más cercano y están asesinando a médicos, clientes y personal de ambos lugares.

Para aumentar el desconcierto de Nancy, el director del psiquiátrico, el doctor Norman,  le dice que otro médico, Talbot, ha experimentado con los internos, permitiéndoles recrear situaciones traumáticas o disfrazarse de los personajes que creen ser (hay apariciones recurrentes de una momia), lo que amplía la cantidad de sospechosos, entre los que se encuentra John Boyman, un joven que se presenta como periodista tras salvarle la vida, o Robert Jason, comerciante de flores al por mayor.

Hacia la mitad de la novela, hay un breve inciso en Peonia Valley, el lugar hacia el que se dirigía la joven para fotografiar unas misteriosas flores (llamadas Coronis Nigra, o Flor del Infierno) que solo florecen en cementerios africanos, y allí, y dónde se dice que también han ocurrido varios incidentes, que pretende investigar Boyman, lo que sirve para unir las tramas y darles sentido y explicación al final de la obra.

De regreso al manicomio, las escenas de terror se suceden, hay más cadáveres, apariciones de la momia, y un par de revelaciones finales más o menos previsibles, dependiendo de la capacidad observadora de quien lee, en un crescendo que mantiene el interés a pesar de que algunas situaciones no son muy lógicas o que el miedo se origina más en la imaginación lectora que en el contenido de un texto que recurre en exceso a exclamaciones exageradas y expresiones casi melodramáticas.

Y sin embargo, a pesar de todo ello, y de que la reflexión que hace Boyman sobre cierto tipo de violencia es cuestionable, hay cosas positivas, como la capacidad del autor para crear un ambiente opresivo, sobre todo teniendo en cuenta la obligada brevedad de una historia que hubiera podido dar más de sí, la evolución de la trama o la forma en que todo concuerda al final, que hacen de Cien flores en el infierno una lectura entretenida y agradable.

Destacar la ilustración de la cubierta, que retrata una de las escenas cumbre de la novela.

Citas de Cien flores en el infierno:

«Nadó poco a poco.
No quería levantar el menor rumor. Pretendía llegar hasta las tablas sin que nadie lo notase.
Y fue entonces cuando oyó el chapoteo de unos remos.
Era un suave rumor en el silencio.
Alguien se acercaba con una barca.
Pensando que allí podía estar la salvación, la muchacha se apoyó en los troncos que sostenían el embarcadero. Pero no se hizo visible porque no quería arriesgar nada. Medio oculta entre aquellos troncos, esperó a que la barca pasase.
Los remos sonaban más cerca, cada vez.
El que fuese, avanzaba muy lentamente.
La muchacha vio la quilla.
Era una barca blanca y cuyo color adquiría livideces insospechadas a la luz de la luna.
Luego vio uno de los remos.
Y el hombre que lo manejaba.
Su garganta se contrajo otra vez de horror.
Sus músculos cedieron.
Porque el que llevaba aquella barca… ¡era el cubierto con los vendajes de la momia! ¡Era un fantasma milenario que parecía haber salido de su sarcófago!
Los vendajes producían, a la luz de la luna un efecto espectral.
Era una visión que la muchacha no hubiera podido imaginar ni en la peor de sus pesadillas.
¡Y la tenía allí, al alcance de su mano!
Apretó desesperadamente sus labios para no gritar. Necesitaba evitar el menor ruido… ¡o estaba perdida!
Consiguió dejar pasar la barca. La momia no notó que ella estaba allí. La neblina que envolvía el lago se los tragó.
Pero, entonces, Nancy notó algo peor.
Algo, surgiendo desde las entrañas del lago, la había sujetado por uno de los tobillos y tiraba de ella hacia abajo.
Era… ¡era una mano humana!
¡La propia muerte, surgida del fondo del lago, la arrastraba hacia el infierno! »


***

«—Ya sé que esto no es caritativo… —musitó el herido—, pero es que he estado recordando detalles… Hum… Aunque en sus ojos azules hubiera bondad… quizá engañara a la gente. Pienso que podía ser un maníaco sexual, pero uno de esos tipos para quienes el sexo no significa nada si no va acompañado de la muerte.
Ahora fue John Boyman el que se estremeció. Los hombres de aquella clase siempre le habían parecido un angustioso problema, aunque eran pocos. Pero su número iba en aumento en Estados Unidos como iba en aumento el número de violadores de mujeres. La razón era que, pese a todo lo que se pregona sobre la libertad sexual, cada vez era más difícil a un individuo que pasara de los cuarenta años, conseguir una hembra. Y al ser difícil también encontrar mujeres que practicaran el amor como oficio, sobre todo, en las pequeñas localidades, surgían aquellos maníacos. Muchas mentalidades se iban deformando.
Y no era sólo eso, según pensaba Boyman. Había razones más profundas, también. Estados Unidos son un matriarcado, un país donde las mujeres mandan. Los hombres trabajan toda su vida y revientan a los cincuenta años, para que sus dulces esposas cobren un buen seguro y se dediquen a ver mundo. En los espacios televisivos los artistas son casi siempre hombres, no mujeres. El hombre divierte a la mujer, y no al contrario. El divorcio, como negocio, es practicado por millones de hembras a lo largo y ancho de todo el país. Y entonces se produce un fenómeno muy curioso. El hombre odia en el fondo de su alma a la mujer. Desea liberarse de ella, vengarse de su dominio. A John Boyman estas consideraciones le producían un profundo malestar.
¿Había sido Talbot un hombre así? ¿Eran ciertas las matanzas de Peonia Valley? ¿Realmente los locos habían hecho justicia, matando a un monstruo?»


***T***

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1 comentario:

  1. No acostumbro a leer terror, así que ya de por sí me costaría
    y encima el argumento en sí no es que me convenza demasiado
    un beesito

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